La historia detrás...

Hay personas que parecen tener muy claro cuál es su camino desde el principio.

Yo nunca fui una de ellas.

Lo que sí me ha acompañado desde niño ha sido una profunda curiosidad por comprender a las personas y el mundo que compartimos. Esa curiosidad ha guiado prácticamente todas las decisiones importantes de mi vida y me ha llevado a recorrer caminos muy distintos entre sí, aunque con el tiempo descubrí que todos perseguían, en el fondo, la misma finalidad: intentar comprender un poco mejor quiénes somos y cómo podemos construir una sociedad más humana.

Nací en Bilbao un 22 de mayo hace ya bastante tiempo... Allí transcurrió mi infancia y fue también donde inicié mi formación en el Colegio Alemán San Bonifacio. Más tarde estudié Geografía e Historia en la Universidad de Deusto y continué mi especialización en Prehistoria y Arqueología en la Universidad Autónoma de Madrid.

Gracias a un programa Erasmus llegué a la Universidad de Tübingen, en Alemania. Lo que iba a ser un único año de estudios terminó convirtiéndose en mi hogar durante más de tres décadas. Allí nacieron mis tres hijos: Naiara, Christian y Alejandro, quienes, sin saberlo, acabarían dando un nuevo sentido a muchas de las preguntas que me habían acompañado desde siempre.

A lo largo de esos años seguí ampliando mi formación en ámbitos muy diversos. Cursé un Máster en Museografía y Exposiciones, un MBA en Marketing Internacional y me formé en naturopatía con especialización en Medicina Tradicional China, además de estudiar Qigong y masaje terapéutico Tuina. Paralelamente desarrollé una trayectoria profesional igualmente variada, trabajando como traductor, docente, comercial, terapeuta y, durante los últimos años, como agente de viajes.

Visto desde fuera, puede parecer un recorrido poco convencional. Sin embargo, nunca lo he sentido así. Cada una de esas experiencias me permitió acercarme a las personas desde una perspectiva diferente y comprender que las respuestas más valiosas rara vez se encuentran en un único lugar.

Escribir ha sido otra constante en mi vida. Algunos pasajes de El día en que Naiara decidió cambiar el mundo, como la historia «Desde el cerezo», fueron escritos cuando apenas tenía dieciséis años. La idea principal del libro me ha acompañado durante muchos años, aunque solo recientemente encontré el momento y la madurez necesarios para darle la forma que siempre había imaginado.

Con el nacimiento de mis hijos comprendí que no quería dejarles únicamente recuerdos o consejos. Quería dejarles algo que pudiera acompañarlos cuando algún día tuvieran que enfrentarse por sí mismos a las decisiones importantes de la vida.

No encontré la respuesta en un manual.

Ni en una lección.

Pensé que quizá podía dejarles una historia.

Una historia que no les dijera cómo debían pensar, sino que les invitara a hacerse preguntas. Una historia que hablara de la empatía, de la responsabilidad, del respeto hacia los demás y de la capacidad que todos tenemos para influir, aunque sea de manera modesta, en el mundo que compartimos.

Así nació El día en que Naiara decidió cambiar el mundo.

No escribí este libro porque crea tener respuestas para todo. Al contrario. Lo escribí porque sigo haciéndome muchas preguntas y porque creo que algunas de las conversaciones más importantes empiezan precisamente cuando alguien se atreve a formular una buena pregunta.

Vivimos en una época extraordinaria, llena de oportunidades y avances que hace apenas unas décadas parecían inimaginables. Precisamente por eso considero más importante que nunca ayudar a los más jóvenes a desarrollar el pensamiento crítico, la empatía y el sentido de la responsabilidad. Estoy convencido de que el conocimiento solo adquiere su verdadero valor cuando se pone al servicio de las personas.

No pretendo cambiar el mundo yo solo.

Ni creo que nadie pueda hacerlo.

Pero sí creo profundamente que todos podemos hacer algo para mejorarlo.

Si esta historia consigue que una familia tenga una conversación que de otro modo nunca habría surgido, que un niño haga una pregunta inesperada o que alguien cierre el libro con el deseo de hacer un pequeño gesto que mejore la vida de otra persona, sentiré que todo el esfuerzo habrá merecido la pena.

Porque, al fin y al cabo, ninguna persona puede hacerlo todo. Pero todos podemos hacer algo.